BIBLIOTECA

 

1

EL JARDÍN. OBRA DE ARTE.

 

NICOLÁS Mª RUBIÓ

(GRÁFICAS LAYETANA. BARCELONA)

 

 

No siempre la jardinería se eleva, ni quiere elevarse, a la altura de las obras de arte. Así como la pintura industrial no forma parte del arte de la pintura, tampoco la plantación de setos para guía de tráfico rodado forma parte del arte del jardín.


Cosa parecida se dirá de quien adorna su salón con pintural allegadizas, de vendimiadores, de pescadores y de gitanas convencionales : Éste no logra servir al arte de la pintura. Tampoco sirve al arte del jardín aquel que encarga a un industrial horticultor que reparta por el solar de su propiedad, unos árboles, unos arbustos, unos prados y unas flores, según modelos que proporcionan las revistas distinguidas.


Incluso a niveles más elevados de la jardinería, la obra de arte queda ausente, tanto de intención como de hecho. El mundo anda lleno- aunque menos por acá - de parques de esparcimiento, de jardines para juegos infantiles, de céspedes para reposo obrero junto a talleres; jardinería social de altos merecimientos toda ella, a la que debemos reverencia; pero alejada substancialmente de los verdaderos caracteres del arte.


Estos se darán, en cambio, en aquellas obras de jardinería donde el hombre jardinero se infunda en su creación, como lo hace en la suya el hombre altamente pintor. La noción "cuadro-obra de arte" es tal vez indefinible; pero, sin embargo, muy precisa. Quien confundiese la obra de arte de pintura con el cuadro adocenado, ¿ no se condenaría a ocupar un lugar modestísimo en la sociedad inteligente? Pues lo mismo ocurre con las obras de arte del jardín y las personas que las gustan.



La actitud que ante el jardín tome cada cual, representará, en efecto, algo muy importante en su posición frente a la filosofía del arte y aún de la historia de la cultura. Perdóneseme que insinúe que, según mi opinión, el reducir la jardinería a simple oficio decorativo, o arte menor, constituye una tendencia grosera del espíritu, una falta de fineza en el alma, una de aquellas reminiscencias bárbaras extrañas en todo caso al genio latino, que no debemos permitir que se infiltren en nuestra mentalidad ni en nuestra sensibilidad.

El arte de los jardines puede parangonarse con la Música, la Arquitectura, la Poesía y, desde luego, con la Pintura y la Escultura; en algo incluso los supera, que desearía indicar brevemente.

 

 

Sé que es peligrosos querer traducir con palabras el fondo y la forma de las obras de arte del jardín. Cada actividad artística tiene sus medios propios de expresión, y la palabra debe ser reservada para la expresión literaria o poética. Describir literariamente la atmósfera, el ambiente, etc., etc., de un jardín, equivale a burlarse un poco de la obra de arte. Lo meloso, y lo "cursi", no tiene nada que ver con ella. Pero, en fin, digamos, de algún modo, que el jardinero ha de tomar el ser del jardín, haciéndolo existir; ha de hacer que las Musas lo habiten, que Apolo camine entre sus árboles, que los arcángeles - aves de este nuevo Paraíso - canten en sus enramadas. Ha de resonar una "música" insonora, pero divina, en el jardín; las palabras de la más pura poesía han de escribirse en su aire; la naturaleza ha de ser esculpida en él según formas vegetales; la arquitectura ha de tornarse aquí viva, primaveral y floreciente; y se ha de alcanzar en el jardín, el modelo maestro, inigualable, susurrante, perfumado, palpitante, de la más alta pintura de paisaje.

 

Lograr esto que decimos, y mucho más que no sabríamos decir, y lograrlo con pureza y humildad, entre la inteligencia y la emoción; esto es, aproximadamente, el arte del jardinero.

 

A diferencia de las obras de arte que se componen con materias inertes, el jardín está formado por seres vivos, que son las plantas que lo constituyen. El artista jardinero, al crear un jardín, ha de "vivirlo" de acuerdo con las necesidades de la vida vegetal. Ha de colaborar con ésta, no ha de querer someterla a las inspiraciones preconcebidas del artista. Si lo intentase, podría resultar que las plantas vegetasen mal en el jardín; acaso "protestarían" con su actitud, y entonces la obra de arte quedaría frustrada.

La actividad del hombre jardinero ha de anudar un lazo entre dos existencias, la vegetal y la humana. El jardín ha de ser vegetal y humano a un tiempo.

 

Recuérdese que la Creación del espíritu humano se llevó a cabo en contacto íntimo con una naturaleza maravillosa, con aires de jardín, es decir, un Paraíso. Hablando en términos existencialistas, hubo un contacto temporal profundo entre el existir del hombre y la "vivencia" del jardín primordial. hablando en términos platónicos, el hombre recibió la noción, la idel del jardín, la esencia de éste, en la base misma de la Creación espiritual humana.


Tan enraizada aparece la emoción del jardín primario en el vivir humano, que supera en profundidad de arraigo a la misma Arquitectura - fenómeno sin duda " post-creacional"- y desde luego a la escultura y la Pintura, artes de representación propios de épocas evolucionadas. Sólo la poesía instintiva y la música pre-racional pueden competir con la vetustez y la profundidad de raíz del jardín, en el espíritu o en la existencia del hombre.


Quien cree un jardín habrá de manejar humanamente la vida de las plantas que emplee. Porque el acuerdo vegetal-humano, base del jardín, ha de ser obra primordialmente del hombre. Es a él a quien corresponderá acercarse a la vida de las plantas. Estas "hacen" algo para adaptarse a la jardinería humana, sin duda "conocen" también algo de nuestra manera de vivir. Se "humanizan", sobre todo en nuestros jardines latinos. Pero fuera insensato pedirles más. No puede pretenderse que sean ellas las "artistas" del jardín. El artista es y debe ser el hombre jardinero, sobre una materia viva que ha de continuar viviendo.


Todo lo cual implica que la obra de arte del jardín necesita producirse con suma simplicidad. Nuestro diálogo con las plantas ha de ser natural. La afectación artificiosa es su enemiga, y el fárrago de adornos y complicaciones sólo logra ocultar el vacío de idea y de emoción que aflige al pretendido jardín. Cierta economía de medios expresivos aviva la imaginación del creador, produce limpieza espiritual en la obra y concede al jardín aquel aire primaveral que le pertenece, y que me atreveré a llamar "evangélico".

 


Muchos jardines "caros" y de "nuevo rico", lo son precisamente porque alguien ha impedido que fuesen así tratados, como obras de arte. No ha habido en ellos ni tan sólo la auténtica intención de crear poéticamente. Se han concebido sin concebir; se ha laborado en ellos de modo poco noble, pedestre, como al compás de música ramplona; sin mirar al cielo una sola vez; sometiéndole acaso a la ciencia infusa del contratista de la localidad, o al consejo inane de un libro que, si de buena fe hubiese pretendido enseñar algo, habría enseñado que sólo plantando realmente jardines se llega a aprender el arte del jardín

Un artista jardinero dejado en plena libertad para plantar un jardín por el procedimiento normal de la obra de arte, podrá llegar a resultados, no sólo superiores desde el punto de vista estético, sino a presupuestos relativamente económicos; más que si terceras personas le solicitan constantemente reclamando, ahora tal detalle visto en una publicación reciente, ahora que cambie esta planta- que es un color en la paleta del artista- por otra que ese amigo o aquel pariente del propietario le haya querido aconsejar.

 


Por otra parte es ilícito y feo pedir a un creador de jardines que realice su obra defectuosamente, so pretexto de economía. Lo que se plante poco o mucho ha de poder vivir y prosperar. Las tierras han de recibir para ello las labores adecuadas y los abonos necesarios; las plantas han de ser las que la creación reclame, sin sórdida busca de saldos por los rincones de los viveros de cuarta categoría. Tampoco se pide al pintor que economice utilizando mala tela y tubos de color de clase baja, destinados a deteriorarse rápidamente.

 

Aquí otra observación de signo contrario. La plantación hecha con vegetales muy desarrollados y, por lo tanto, caros, pretende lograr el efecto del jardín de una manera inmediata. Pues bien, no todos son ventajas al precipitar así la obra de la naturaleza. Un jardín plantado con plantas muy crecidas, podrá adolecer de una serie de fealdades debidas a la falta de adaptación de aquellas plantas; las cuales, habiendo crecido en determinadas condiciones durante sus primeros años de existencia, han sido luego cambiadas de lugar y de vecindad, lo que provoca variaciones en su crecimiento que ningún ojo sensible dejará de notar.

 



Quien planta con vegetales muy crecidos, se priva del placer , eminentemente jardinero, de verlos crecer. Placer que, en cambio, será dado ampliamente a quien plante un jardín con vegetales jóvenes. Este jardín presentará en lo sucesivo un aspecto de crecimiento normal, una armonía constante en la vegetación y, por lo tanto, la serena belleza que es propia de la obra de arte del jardín.
El coste de la plantación será naturalmente inferior al que se ocasionaría plantando vegetales crecidos, si se sigue la norma de la sabia naturaleza, esto es, plantar el jardín con vegetales jóvenes.

 

Algunos creen poder pedir un esquema general de proyecto a un artista jardinero y, luego, realizar este proyecto por procedimientos, digámoslo así, caseros.
Es dudoso que a un verdadero creador de obras de arte del jardín le complazca el dar las líneas de la composición y dejar en otras manos la forma definitiva de la obra. Volviendo a la comparación con la Pintura, diremos que con dificultad un maestro en este último arte consentiría en trazar las líneas de un retrato, para abandonarlas luego al pincel de un chapucero.

 

El jardín pertenece a aquella categoría de las Bellas Artes que no produce su obra perfecta, toda de un golpe, sin necesidad de reiteración. En ello la jardinería se hermana con el Teatro y la Música cuyas obras no "existen" por sí mismas, sino q ue el hombre ha de reiterar su actividad artística si quiere reproducirlas.



Ayudar al jardín a existir se llama conservarlo. La "conservación" es palabra que a menudo asusta al dueño de nuestra obra de arte. Pero hay que conservarla bien, como hay que dar los conciertos con dignidad apropiada. Pocas serán las personas que, al abonarse para una temporada de ópera soliciten de la empresa peores músicos, a cambio de rebajas en el precio de las localidades. Que no envilezcan, pues, del mismo modo, el valor de arte de su jardín.


El jardín, tendrá que conservarse respetando las características formales que le otorgó su creador. El conservador habrá de esforzarse para que no se desvitúe el sentido profundo y la forma expresiva de aquella obra. Pecado será poner motivos escultóricos, u otros, en desacuerdo con la herencia del artista, o plantar a capricho arbustos o árboles que no estaban en el jardín primitivo. Lo cual no significará que la conservación del mismo haya de tener por objeto su estancamiento. El jardín es una obra de arte viva, sujeta a evolución y cambio natural, y no sería un verdadero artista jardinero quien no hubiese previsto y aún alentado la acción vital, el milagro de la Creación permanente, sin el cual no puede existir nuestro Arte de los jardines.

Nicolás María Rubió

 


VOLVER A LA BIBLIOTECA

Pulse página principal